El pabellón de los sordos
El pabellón de los sordos estaba al final del sector C, muy cerca del muro. A Markus le encantaba pasear por allí, porque era más soleado que la parte de los enfermos de Síndrome de Down y, por supuesto, que la de los autistas. Lo hacíamos de vez en cuando sobre la hierba, lo hacíamos de vez en cuando, pasear por allí, follar [...] creo que a Markus le excitaba.
La madre de Markus se había quedado sorda durante el segundo gran ataque de los japoneses. Él tenía entonces sólo cuatro años, ella lo protegió entre sus brazos y no pudo tapar sus propios oídos cuando estalló la bomba sónica. Entonces no existían los CEI, así que fue destinada a muerte por el Tribunal.
Aunque estaba completamente prohibido acercarse al género, yo anhelaba ver a los sordos; Markus no, la historia de su madre provocaba en él sentimientos distintos a la curiosidad del resto, que lo entendíamos bien, pero no pudo negarse a acompañarme la noche de mi cumpleaños, y, como yo, no pudo dar crédito a lo que pudimos oír a través de las rendijas de ventilación. Estaban haciendo el amor. Todos, seguro. Estaban haciendo el amor con la radio puesta, a pesar de que ninguno de ellos podría saberlo jamás, y por encima de la radio el metal de los muelles de las camas, las sábanas retorciéndose, los cuerpos encontrándose en un chillido primitivo. Las palabras quedaban fuera, tiritando con nosotros, aquellos dúos perfectos no necesitaban nombrar el infinito que describían con su movimiento armónico. Chocaban de maneras que no imaginábamos, sonaban sus besos como las tormentas de verano al estallar, que al estallar les recorrían enteros hasta terminarlos bañados en el rítmico sudor de sus escalofríos ventrales. Era una lección de posicionamiento espacial, de acústica elemental que demostraba que el noventa y nueve por ciento de los susurros se producen con los dedos. Al terminar, tras el fin del fin, dormían abrazados al ruido blanco que produce el árbol al caer en medio del bosque.
Después de aquella noche, Markus y yo deseamos con todas nuestras fuerzas no volver a oír nada el uno del otro.
La madre de Markus se había quedado sorda durante el segundo gran ataque de los japoneses. Él tenía entonces sólo cuatro años, ella lo protegió entre sus brazos y no pudo tapar sus propios oídos cuando estalló la bomba sónica. Entonces no existían los CEI, así que fue destinada a muerte por el Tribunal.
Aunque estaba completamente prohibido acercarse al género, yo anhelaba ver a los sordos; Markus no, la historia de su madre provocaba en él sentimientos distintos a la curiosidad del resto, que lo entendíamos bien, pero no pudo negarse a acompañarme la noche de mi cumpleaños, y, como yo, no pudo dar crédito a lo que pudimos oír a través de las rendijas de ventilación. Estaban haciendo el amor. Todos, seguro. Estaban haciendo el amor con la radio puesta, a pesar de que ninguno de ellos podría saberlo jamás, y por encima de la radio el metal de los muelles de las camas, las sábanas retorciéndose, los cuerpos encontrándose en un chillido primitivo. Las palabras quedaban fuera, tiritando con nosotros, aquellos dúos perfectos no necesitaban nombrar el infinito que describían con su movimiento armónico. Chocaban de maneras que no imaginábamos, sonaban sus besos como las tormentas de verano al estallar, que al estallar les recorrían enteros hasta terminarlos bañados en el rítmico sudor de sus escalofríos ventrales. Era una lección de posicionamiento espacial, de acústica elemental que demostraba que el noventa y nueve por ciento de los susurros se producen con los dedos. Al terminar, tras el fin del fin, dormían abrazados al ruido blanco que produce el árbol al caer en medio del bosque.
Después de aquella noche, Markus y yo deseamos con todas nuestras fuerzas no volver a oír nada el uno del otro.
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